jueves 17 de diciembre de 2009

El Tiempo

Como entender que no se detiene, que no espera en el camino, que ni siquiera mira hacia atrás, que no vuelve.Arrastra los jirones de la vida, teje las horas eternas de la rutina desmadejando la costumbre.Atrapa nuestros sueños convertidos en deseos, esa varita mágica que todos queremos.
Roba las noches con lágrimas de luna, aguarda hasta el amanecer envuelto en la bruma.Pasa las hojas de este libro interminable.Camina, despacio, deprisa.No tiene vuelta, solo ida.Eterno el tiempo, corta la vida.

viernes 16 de octubre de 2009

Te dejo


Te dejo mis manos
llenas de nada
suelto las cadenas
que a nada me atan.


Te dejo mis brazos
bajando por tu espalda
mariposas no vuelan
mueren, cansadas.


Te dejo el silencio
la almohada mojada
nubes de pañuelos
en noches heladas.


Te dejo la escarcha
que congela el alma
tambien las ausencias
las promesas vanas.



Dejo la pena
que robes mis sueños
barcos lejanos
se hacen pequeños.



Dejo que el tiempo
se nos haga eterno
castillos de papel
lluvia que no siento
horas impasibles
ante el desaliento.
Te dejo.

domingo 4 de octubre de 2009


El mar besa la arena, la abraza, la arrastra y la posa en el fondo.Se hunden los corazones en ese mar imaginado, lleno de ausencias y silencios.Se ahoga la esperanza y duelen...las noches sin ti duelen...muy hondo.

domingo 27 de septiembre de 2009

Otoño


Hojas arrancadas al tiempo, ausencias, corazones palpitando que comienzan a aletargarse en las tardes llenas de melancolía.Mirando hacia atrás para ver quien me acompaña, pisando las hojas caidas.Buscando ante mí el futuro incierto, las horas perdidas.Solo necesito saber que estás, compañera eterna, soledad.

jueves 17 de septiembre de 2009

Dos pequeños relatos


Hace unas semanas un buen amigo me envió un relato para que lo leyera, me gustó y decidí darle otro final.Con el permiso de Carlos aquí está su relato, es el primero y el segundo el mío.Gracias mi querido amigo por permitirme postearlo y por dejar que inventara otro final.



Solo fueron cinco minutos.
Él, vagaba por la ciudad que se desperezaba tras una noche más. Mirando escaparates de tiendas aun cerradas en las que no tenia ninguna intención de comprar. Haciendo tiempo a que terminasen de repararle el coche.
Ella, ponía panes, bollos y otras pastas en la estanterías y mostradores, preparando la tienda para un nuevo día de trabajo. Un día más de tantos.
Él, pasaba por una calle estrecha, de esas de las que de haber un olor enseguida se extiende inundandola y haciendo identificable su punto de partida y así fue. El olor del pan y las pastas recién hechas hicieron que dejase de andar como si tuviese un piloto automático puesto, y le llevo hasta una panadería que acababa de abrir sus puerta. Por un segundo, su nariz se llenó del aroma a cruasáns, y viejos y no tan viejos recuerdos despertaron en su mente. De pronto, le apetecía comer uno, o por lo menos de comprarlo para otro momento. Entró en aquella pequeña panadería que parecía estar vacía, pero por el leve movimiento de la cabeza de una mujer que asomaba por encima del mostrador vio que no lo estaba.
Ella, giró la cabeza para mirar al primero de una larga lista de clientes, todos ellos conocidos a excepción de este. Se levantó de su taburete en el que había estado leyendo uno de los periódicos gratuitos que cada mañana recolectaba en su camino de casa al trabajo. En un primer momento aquel hombre era uno de tantos.
-Hola, buenos días. ¿Tiene cruasáns? -preguntó él.
-Sí, aquí delante los tiene ¿Cuantos quiere?
Él miró los cruasán y luego a ella. Ella le miraba a los ojos con una amable y apenas dibujada sonrisa. Sus miradas se habían cruzados y el advirtió que su amabilidad era sincera.
-Dos, por favor.
-¿Alguno en especial?
-Si aquellos dos con los cuernecillos torraditos de la derecha.
Ella, diligentemente cogió las pinzas, con movimientos fluidos y delicados los cogió, y los puso sobre un papel en el mármol del mostrador. A él le gusto la manera en que ella cogía los cruasáns, con la delicadeza que los colocó y el esmero con el que puso uno sobre otro, separados por un trocito de papel encerado.
Sus miradas se volvieron a cruzar, los dos esbozaron unas sonrisas corteses y ella sin saber porque le pareció aquel hombre diferente. No había nada que lo exceptuase de los demás. ¿Su voz? ¿Su mirada?¿Su sonrisa? No lo sabía pero a ella le pareció diferente. Miró sus manos, no había anillo alguno.
-¿Cuanto le debo? -le preguntó cuando ella terminó de envolver los cruasáns. Ya tenia la cartera en la mano y ella ni siquiera se apercibió de ese movimiento.
-Uno setenta.
Sacó una moneda de dos euros y la mantuvo en el aire a la espera a que ella la recogiese.
A ella, eso le gustó, no era como el resto de clientes que ponían las monedas sobre el mármol y se las acercaban con un empujoncito. Puso su mano bajo la de él, y él deposito suavemente la moneada.
Se volvieron a cruzar las miradas, se volvieron a esbozar las sonrisas. Y sin saber aun porque, a ella le pareció diferente aquel hombre, especial. Como un fogonazo se cruzo por su pensamiento la idea de si él no podría ser la vencida, de tantas otras fallidas. De si de haberse cruzado en una situación más propicia no habría sido el deseo tantas veces anhelado. Cogió una moneda de diez céntimos y otra de veinte y se las entregó tal y como él le había entregado la suya. Por un momento deseó sentir el tacto de su piel y mientras depositaba las monedas sobre la palma de la mano, sus dedos lo rozaron fugazmente, tan fugaz, que él difícilmente podría asegurar si el contacto había llegado a existir realmente. En cambio, para ella fue unas décimas de segundo de sentir la calidez de su mano.
Sus miradas se volvieron a cruzar, las sonrisas a esbozar. A ella le pareció advertir una pregunta, una duda en sus ojos, en su mirada amable; y se preguntó si por la cabeza de él habrían cruzado los mismos pensamientos que por la de ella.
-Gracias -dijo él.
-A usted -le respondió.
-Que tenga un buen día.
-Y usted también.
Él recogió los cruasáns al tiempo que ella empezaba a a elevarlos para hacerlos llegar a sus manos. Se giró en dirección a la puerta y cuando estaba a punto de abrirla, escuchó.
-¿Es usted de aquí? -dijo ella en un ultimo intento de averiguar si volvería a verlo.
El giró la cabeza y la parte superior del cuerpo. La vió allí, detrás del mostrador, con las manos sobre el mármol.
-No, solo estoy de paso.
-No. Es que me parecía haberlo visto en alguna otra ocasión -disculpó su primera pregunta. Al tiempo que una ligera punzada de decepción se le clavó.
-Solo de paso. Que tenga un buen día -repitió con semblante amable.
-Igualmente.
El salió de la panadería. El sonido de la llegada de un sms salió de su móvil, lo miró y vio que su coche ya estaba reparado. Fue calle abajo, y durante unos minutos pensó en la mujer con la que había hablado, en su semblante amable, su dulce mirada, y sin saber porque siguió pensando en ella a ratos a lo largo del día.
Ella volvió a su taburete, recogió el periódico y esperó a que el día se animase. En el transcurso del día, entre cliente y cliente volvió a pensar en el primero. Durante varios días, miró la puerta con la esperanza de volver a verlo. Con el pasó del tiempo siempre se preguntó si de haber sido en otra situación habría sido la vencida.



Ella


Habían pasado algunas semanas, él seguía yendo y viniendo sin detenerse en ningún lugar.Nada ni nadie lo ataba, a veces pensaba que era culpa de él, que tal vez no sabía ver en nadie esa "chispa" que lo hiciera saltar y tomar una decisión. Puede que solo necesitara encontrar un pequeño detalle, algo que lo hiciera quedarse definitivamente en algún sitio. La noche era odiosamente calurosa y no podía dormir, se asomó a la ventana para poder recibir algún soplo de aire que lo aliviara un poco. La luna estaba en esa fase en la que incluso el más excéptico al romanticismo la contemplaría y soñaría...estaba perfecta, una media luna plateada, preciosa.Sin saber porqué se acordó de ella, cerró los ojos y evocó el olor...el olor a pan recién hecho...el día que la vio, sus manos casi rozándose cuando él pagó su compra.No podía dejar de pensar en ella, bebió un poco de agua y se acostó, ocupó su mente hasta que se quedó dormido.A la mañana siguiente emprendió el viaje, no recordaba exactamente la calle, pero la buscaría. Llegó a media tarde y buscó la tienda, se orientó por el lugar desde donde había dejado su coche a arreglar en aquella ocasión, la verdad era que nunca había hecho algo semejante, sonrió y pensó que era una locura, pero se encaminó con paso decidido hacia la panadería.La tenía delante y algo le impedía dar un paso más, tenía una sensación extraña, miedo tal vez?- estaba cerrada, suspiró y decidió tomar una cerveza para hacer tiempo antes de la cena.Volvería a la mañana siguiente, si no decidía huir como siempre. Siempre estaba de paso.Amaneció con lluvia, pero era casi imperceptible, no pensaba irse, cogió un paraguas.No sabía lo que diría ni lo que haría, solo que deseaba volver a verla, no había podido apartarla de su mente durante todo este tiempo y...tenía, necesitaba saber.Percibió el olor en cuanto dobló la esquina...estaría ella todavía?- se habría ido? Había cuatro personas dentro, puestas en fila esperando su turno, estaba allí, sí, era ella, la miró fijamente sin que ella se diera cuenta. Cuando llegó su turno preguntó si tenía tenía cruasans, ella ni lo miró, le dijo que sí y que cuantos quería, el contestó que dos y que si era posible fueran dos con los cuernecillos torraditos. Fue en ese momento cuando ella levantó la vista y sus miradas se cruzaron, no sabe el tiempo que estuvieron así.- Vaya...usted...acabo de recordar que...- Sí, yo...y tambien acabo de recordar...Sonrieron, ella envolvió los cruasans, las manos temblaban ligeramente, no quería que él lo notara, estaba allí de nuevo, y no quiso pensar en la tercera ni en la cuarta ni si podría ser la vencida, solo sabía que él estaba allí y eso era realmente lo importante.- Uno setenta, dijo ella sin dejar de sonreir.Rebuscó en su cartera, y extendió la mano, ella puso la suya debajo y esta vez no fue fugaz,no, ella sintió su cálida mano y vio su sonrisa.El cogió los cruasanes y ella le dijo que creía haberlo visto en otra ocasión,él sonrió de nuevo -sí, he estado ya aquí en otra ocasión, estaba de paso.- Lo recuerdo, de nuevo de paso?- Esta vez creo que no.Le dedicó de nuevo una sonrisa y salió a la calle. Ella se quedó algo desconcertada, y trató de pensar todo lo que él había dicho pero no tuvo tiempo, la tienda se llenó de gente y su cabeza se ocupó de nuevo con el pan y los dulces.La mañana pasó rápida, tuvo mucho trabajo, cuando llegaron las dos estaba agotada, recogió todo, hizo caja, y fue a cambiarse. Se contempló en el espejo durante un largo rato, no solía hacerlo, se consideraba una mujer insignificante, se arreglaba pero no tenía la sensación de que pudiera interesar a nadie. Se dio brillo en los labios y se alisó el pelo con los dedos, no necesitaba ni peine, llevaba el pelo tan corto que no le era necesario. Cerró la puerta y bajó la persiana, llovía.Al levantarse notó que alguien la cubría con un paraguas, sonrió cuando lo vió.Allí estaba él, no dijo nada, se puso a su lado y caminaron largo rato sin hablar.- A donde vamos?- preguntó ella.- Donde quieras, ya he encontrado un lugar, mi lugar.Ella supo lo que querían decir esas palabras, y no pensó si sería la vencida, solo supo que empezaba algo ,y presentía que iba a ser algo bueno.El supo que estaba allí lo que siempre había buscado y ahora no le importaba estar "atado" ...a ella.

domingo 28 de junio de 2009

El viento y la hoja

Por el cielo,
entre las nubes
se dejaba mecer la hoja
azotada por el viento
era ese su sueño
no importaba el tiempo.

Mientras el viento sople
a tierra no caeré, pensaba
nadie me pisará
no me sentiré arrastrada.

La hoja subía, bajaba
su deseo, que el aire soplara
pero el viento se calmó
sobre el camino, olvidada
se posa la hoja, mojada
la lluvia la empapa.

El sueño acabó,
tocó la tierra
a la realidad volvió.
Paró el viento, la hoja...murió.

Cuando escribí esto, pensé en las fábulas que leía de pequeña, las de Samaniego, nunca me gustaron las moralejas y al leer la hoja y el viento he pensado que al final debía de poner la moraleja que me sugiere.No quiero ser hoja...prefiero ser viento...no quiero que la realidad me arrastre...prefiero ser sueño.

martes 12 de mayo de 2009

A veces, solo el amor tiene la fuerza suficiente para poder a la razón y a la coacción.Porque hay cadenas que sí pueden romperse, porque el corazón no entiende de razonamientos, solo de sentimientos.Porque puede que esto suene a utopía, pero creo que los sueños se consiguen si se luchan.Y yo lucho por un sueño.